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carlos antognazzi, argentina

La destitución de Aníbal Ibarra

Se sabía que el ex jefe del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires era culpable. Un liderazgo basado en la presencia omnisciente de una única persona, que controlaba todas las secciones del gobierno, no podía ignorar las groseras anomalías que influyeron en el desastre de República Cromagnon. Pero además, Ibarra tuvo una actitud que la sociedad le reprochó: su afán por zafar cuando recolectó firmas de apoyo, como si el hecho de que otros hubieran delinquido lo exculpara a él, jefe de todos, de, al menos, el delito de no controlar a sus subordinados como corresponde.

Un golpe

La destitución dejó dudas, también. Mex Urtizberea, precursor del Magazine For Fai, lo hizo notar con su habitual humor ácido en Justicia o algo parecido (La Nación, 10/03/06, p. 21). Dudas sobre si, por ejemplo, no debieron ser destituidos también los responsables políticos cuando se incendió la confitería Kheyvis, o cuando se inundó la ciudad de Santa Fe, o cuando explotó la ciudad de Río Tercero, o cuando catorce mineros murieron en Santa Cruz, o cuando se voló la AMIA. Las dudas señalan que no todos son medidos por la misma vara. Hay hijos y entenados. O, como definió George Orwell: todos los hombres son iguales, pero hay algunos más iguales que otros.

La destitución debe leerse, también, como un golpe al Gobierno, pues Ibarra, que llegó al puesto gracias a De la Rúa, pudo mantenerlo gracias a Kirchner, cuando hacía tan sólo un mes y medio que había asumido como Presidente. Kirchner mantuvo ese apoyo a lo largo de este último año y medio, desde que se afianzó la idea de que Ibarra podía constituirse en una suerte de chivo expiatorio. A último momento, sin embargo, el Gobierno decidió desprenderse de una figura incómoda que podía herirlo innecesariamente. El pragmatisno, llevado a su última expresión, es abyecto: Ibarra fue abandonado a su suerte con la misma denigrante voluntad con que al principio se lo defendió a capa y espada. ¿Convenía o no apoyarlo hasta el final? La respuesta ya no importa, pero no por eso deja de tener valor la pregunta.

Son interesantes algunas declaraciones. El piquetero Luis D’Elía, ahora cobrando sueldo oficialmente como funcionario, atribuyó la destitución a un golpe de Estado y una maniobra liderada por Macri y la derecha, dejando de lado el detalle, poco sutil, de que también votó por ella la gente de Luis Zamora y del ARI, que con Macri sólo comparten el amor por la política y/o los puestos públicos.

El mismo Gobierno no tenía las cuentas claras. Sus acólitos votaron de las tres maneras que podían: por la absolución (Sebastián Gramajo), por la destitución (Helio Rebot) y por la abstención (Elvio Vitali). Jorge Telerman, por lo pronto, que seguirá reemplazando a Ibarra, cuenta con un amigo importante en el entorno presidencial: Julio De Vido.

Una enfermedad

Ibarra tuvo su responsabilidad, pero hay otros que tuvieron una responsabilidad mayor. Si la justicia se queda sólo con Ibarra no se habrá avanzado. Las sociedades necesitan de símbolos para vivir, pero con ellos solos no alcanza.

En un capítulo anterior (Como hongos en la oscuridad. Castellanos, 18/11/2005) hice notar que con Chabán preso e Ibarra alejado provisoriamente del gobierno de la ciudad alguien disparó bengalas en una escuela y provocó un incendio. ¿Se puede responsabilizar de esta estupidez a Ibarra o Chabán? Difícil. Hay algo previo a Ibarra, Chabán y Callejeros, algo que subyace en el ideario colectivo y que cuando aún no se había cumplido un año del desastre de Cromagnon llevó a un adolescente a repetir el esquema homicida: arrojó bengalas en un aula cerrada, con sus compañeros y la profesora adentro. No hubo víctimas, entonces, y quizá, si se lo consulta, el adolescente declarará que no deseó herir a nadie, que quiso hacer una gracia y darse aires ante alguna chica del curso o sus compañeros. Las respuestas, en realidad, poco importan (la “explicación” del absurdo sólo es válida en el arte). Lo importante es el acto irracional, el sinsentido de no comprender que arrojar bengalas en un ámbito cerrado, independientemente de sus deseos, puede lastimar a alguien. Que además ese alumno haya actuado así cuando la sociedad aún está llorando a 200 muertos supone que o bien vive desconectado del mundo exterior, o bien que es incapaz de relacionar dos hechos a partir de un acto simétrico. Ambas posibilidades son peligrosas.

Nuestra sociedad no está exenta de que mañana surja otro alumno que intente repetir la simetría y ocasione víctimas. El sentido común, que en la práctica suele ser el menos común de los sentidos, resbala sobre algunas personas. No importa cuántos Ibarras se juzguen y castiguen; hasta que la ciudadanía no incorpore el concepto de la propia responsabilidad en los actos que desencadena no comenzaremos a solucionar el problema de fondo que nos limita como sociedad.

La misma situación de riesgo propician los padres que no han asumido que sus hijos murieron, en buena medida, por su propia culpa. No es normal que miles de personas se encierren en un lugar con las vías de escape obstaculizadas, con bebés entregados a manos anónimas en una “guardería” implementada en un baño, y con alguien que dispara bengalas festejando a su banda preferida. Si esos padres que consintieron y/o arrastraron a sus hijos allí no recapacitan, estamos a las puertas de repetir o amplificar, incluso, a Cromagnon. Ocurrió Kheyvis el 20/12/1993, con 17 muertos. Nadie asumió ese desastre como propio y llegamos a Cromagnon. Ibarra ya no está para equivocarse otra vez, pero la sociedad que lo respaldó y avivó la barbarie sigue siendo la misma.

Una esperanza

Es natural buscar chivos expiatorios, porque eso es lo que le permite a un padre levantarse cada día alejado del fantasma de ser un criminal o de haber tenido responsabilidad, aunque tangencial, en un crimen. Pero ese alejamiento es una falacia. La única forma de cambiar es asumiendo que algo falla en la sociedad, y que los adolescentes deben asumir sus responsabilidades en la medida que les cuadren, y no actuar como si nada de lo que hacen tuviese su correlato en la epidermis social. Los crímenes no se realizan simplemente porque alguien dispara un arma, sino por que muchos, sin percibirlo, construyeron las condiciones adecuadas para que ese arma esté en las manos del criminal. El que dispara, en última instancia, es el elemento último de una larga cadena de elementos previos. El arma comienza a prepararse mucho antes, en esos pequeños actos y gestos que en sí mismos, expurgados del contexto, nada dicen (concurrir a un recital, lanzar una bengala), pero que son el soporte necesario para llegar al disparo final. Cromagnon fue una suma de actos “inocentes”, que se transformaron en caos por la combinación. Un solo acto “inocente” que no se hubiese realizado y la cadena de acontecimientos necesarios para llegar a la muerte se cortaba. Bastaba que nadie disparase una bengala, o que las puertas de emergencia estuvieran abiertas, o que el techo fuera ignífugo. No podemos controlar la combinación azarosa de hechos, pero sí cada acto nuestro, por “inocente” que parezca. Ese es nuestro deber moral y cívico.

La destitución de Aníbal Ibarra puede ser una bisagra. En realidad, sólo si se constituye en una bisagra podrá servir de algo. Si solamente es el símbolo que la sociedad estaba buscando nada podrá cambiar. La destitución sólo podrá tener sentido más allá de lo simbólico, si forma parte de un entramado más amplio, en donde la justicia continué investigando, y donde se sienten las bases para que, al margen de ciertos casos mediáticos, la justicia actúe de acuerdo a la ley y no a modas pasajeras o presionada por padres furiosos y heridos. Una justicia que no atiende a todos los casos por igual no es justa sino selectiva, y hace suponer que la venda cayó y que esa justicia ve y elige a quién castigar. La selección siempre genera dudas y, en países como el nuestro, con instituciones débiles o directamente manipuladas por el poder político, despiertan la suspicacia.

Paralelamente la justicia debe estar apuntalada por una sociedad responsable, que asuma sus derechos pero también, especialmente, sus deberes. La seriedad, algo de lo que Argentina adolece, es primordial. Vale un ejemplo de irresponsabilidad cívica: el 90 % de las llamadas al 911 son bromas o no son emergencias (cfr. La Nación, 10/03/06, p. 16). Habrá penas para los bromistas, que pueden llegar a $ 40.000 o a prisión de hasta 60 días, pero de nada servirán si no hay una actitud superadora de la sociedad, en donde se madure y comprenda que el civismo no es un valor de trueque o de día domingo, sino una forma de vida que favorece a todos.

Lo ideal sería que sea cierto lo que dijo, «feliz y emocionada», Isabel Carrió: es la primera vez que se hace justicia con los funcionarios. No por afán de hallar culpables, sino para demostrar (nos) que la justicia aún es ciega y que podemos confiar en ella. El fortalecimiento de las instituciones tiene en el Gobierno el poder político que puede propiciar los cambios, pero es en la sociedad en donde anida la decisión de apoyar o no ciertas propuestas. De esa sociedad, ese poder político y esa justicia, depende que Ibarra sea algo más que un chivo expiatorio y se erija, por derecho propio y de la ciudadanía, en símbolo positivo de una nueva actitud.

©  Carlos O. Antognazzi- Escritor. Santo Tomé, marzo de 2006.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 17/03/2006. Publicado en el periódico “El Santotomesino” (Santo Tomé, Santa Fe) de marzo de 2006. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2006.

Carlos O. Antognazzi      coantognazzi@hotmail.com

Por lobitogabriel - 24 de Marzo, 2006, 7:26, Categoría: periodico
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